Hace algún tiempo comencé preguntándome a mí misma como estaba siendo en relación a mi forma de consumo y la respuesta no fué la que esperaba. 

Las primeras preguntas que me hice fueron las siguientes: 

¿Qué cosas compraba?, ¿Dónde las compraba?, ¿A quién/ quiénes favorecía mi compra?, ¿Qué impacto tenía en el planeta y las personas?

Cada pregunta y su respuesta me acercaban a la cruda verdad. No estaba ni cerca de  consumir de forma consciente ni respetuosa. Como algunos de ustedes ya sabrán hace varios años que decidí dejar de comer animales. Esto me ha hecho sentir que desde mi forma de alimentarme estoy generando un aporte a mi persona y al planeta. De alguna forma eso me ha dejado tranquila pensando: “No como animales entonces mi huella es muy baja”. 

El asunto es que el consumo es un universo repleto de variantes y no tiene que ver solamente con lo que compramos sino también con la forma en que lo hacemos. 

¿Cada cuánto vamos al mercado? ¿A qué tipo de mercado vamos? ¿Cómo llego a este sitio? ¿Qué recursos se utilizan para que este sitio funcione? ¿Cómo es con las personas? ¿Cómo es con el planeta? Cada pregunta daba pistas y estas a su vez deseos de hacer las cosas diferentes y pereza de cambiar lo que venía haciendo hasta aquí, mi zona de confort. 

Hace algunos años empecé a implementar una acción que me ha servido para sentirme muy bien conmigo misma. Resulta que fueron miles las veces que me vi a mi misma comprando algo en un sitio donde las personas me trataban de forma indiferente o desagradable. Un día entré en una tienda a comprar agua y algo de comer. Recuerdo que hacía calor y había gente esperando para comprar sus cosas también. Llegó mi turno y la persona que atendía me habló de una forma muy desagradable, me dijo que no tenía cambio y que si quería comprar fuera a conseguirlo. Fué un micro segundo de darme cuenta de que el poder de decidir qué hacer en ese momento era solo mio. Miré a la vendedora a los ojos y le dije: Gracias pero no llevo nada. Su cara fue de desconcierto como pensando ¿Qué pasó? Pero yo me fuí tranquila de que había sido coherente conmigo misma. Esto lo aplico hasta el día de hoy y ha sido un gran descubrimiento. 

También empecé a analizar para que compraba lo que compraba. ¿Consumo todo lo que compro?, ¿Terminé tirando algunos productos?

Entonces el análisis se hizo cada vez más complejo porque no solo se trata de dónde compro o qué compro, sino más bien cuál es el propósito de las cosas que decido consumir, es decir ¿Para qué que compré lo que compré? 

Podría seguir profundizando aunque se que este es un tema amplio, pero darnos cuenta de la intención que tenemos con cada cosa que consumimos es el meollo de la cuestión. Resulta que hay cosas que las consumo solo por el simple hecho de adquirirlas y fin. Pero qué impacto tiene eso en nuestra psiquis y en nuestro ser. Muchas veces luego de una compra aparece la culpa, esa emoción que viene a decirnos algo. 

En mi caso cuando me ha ocurrido la culpa ha querido decirme que tome decisiones inconscientes. Es decir que algunas o todas las decisiones que tomé al respecto no fueron las indicadas para mi en ese momento. 

Entonces hoy viajo en la ruta del consumo, con los ojos más abiertos. No voy a mentirte aún estoy en proceso y tengo varios derrapes casi a diario. Pero gracias a mi método de trabajo PPP he logrado acercarme cada vez más al tipo de consumidora que quiero ser, cambiar hábitos y tomar decisiones que me acercan cada vez más a mi misma.

Emprender un Negocio consciente nos invita a formar parte de un sistema respetuoso y conectado de personas que deciden sobre su consumo y su forma de producción.

Si quieres ser parte te invito a sumarte al programa Crea tu NEGOCIO CONSCIENTE. Un programa de desarrollo de negocios del nuevo paradigma.

Victoria Barba.
Coach ACC. ICF Certification.
Mentor Coach & Soft Skills Trainer

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